La Virtud Maquiaveliana

Dentro de este tipo de concepción del poder es que concibe la "virtud". Para Maquiavelo ésta será una cualidad poco común que es "una energía a la vez brutal y prudentemente calculadora, ajena a cualquier preocupación de moral ordinaria". Crear una virtú es imprescindible para la política. La "virtú" maquiaveliana es la fuerza del hombre frente a la fortuna, que es para su mirada renacentista, la dueña de la historia. No es la providencia divina que con mano segura y amorosa rige los destinos humanos, sino una diosa irracional, imprevisible y caprichosa que nos lanza continuamente al sinsentido. Ciertamente los tiempos en los que vivió nuestro autor tienen cierto parecido con estos últimos lustros de postmodernidad, pues, "el girar de la fortuna había hecho desaparecer ante sus asombrados ojos, reinos y vidas con total indiferencia".

La visión de la historia que tiene Maquiavelo es pesimista y fatalista: los hombres no pueden oponerse a los decretos de la fortuna, aunque sí aprovechar sus giros. El hecho de que se concentre en el campo de la técnica política más que en el de la explicación histórica viene dado por esta concepción. Para Aguilar "el mensaje es "mantente sobre tus pies, haz un uso adecuado de tu realismo y razón y, con el bagaje de tus pasiones listo para impulsarte, espera la ocasión propicia, de forma que puedas, al menos en parte, determinar tu vida".

La concepción maquiaveliana de la política como teoría seguiría la definición aristotélica de la política como "ciencia de lo posible" en tanto en cuanto pretende estudiar el estado real de su tiempo y ofrecer vías de salida a una situación de colapso. Es profundamente realista, y contrariamente a lo que se le suele atribuir, no es acérrimo partidario del mantenimiento del statu quo del príncipe, ni detractor de las transformaciones, pues por más que advierta sus peligros, no deja de ponderar su necesidad, llevada a cabo con energía y audacia por quienes son susceptibles de estar interesados en los cambios. En este sentido su análisis está continuamente barajando la categoría de posibilidad: "Es deseo muy natural y ordinario el de querer adquirir algo que no se tiene; alabaremos siempre a quien lo cumple si le es posible; pero el error está en empeñarse en poseerlo cuando no es posible".
En El Príncipe el autor aconseja al monarca evitar cambiar las instituciones y dejar lo más posible a los subalternos el cuidado de tomar medidas impopulares, elegir con cuidado a sus consejeros y evitar cederles la menor parcela de autoridad. Se dedicará tan sólo a defender y extender su poder por todos los medios, incluso utilizando el crimen si es necesario. "Vale más ser temido que amado". Este tipo de aseveraciones es el que le han valido su mala fama. Sin embargo la pregunta es obvia: ¿no es así como funciona el poder en las instituciones, hasta en las que más predican el amor, como nuestra Santa Madre Iglesia?